La pregunta antes que la respuesta: una experiencia de alfabetización en IA+H en 1º grado
¿Es posible construir una experiencia donde la inteligencia artificial no reemplace la enseñanza, sino que amplíe las oportunidades para aprender?
Esa pregunta me acompañó durante varias semanas. Más que incorporar una nueva herramienta tecnológica al aula, quería descubrir si era posible enseñar a los chicos a pensar también cuando interactúan con una inteligencia artificial.
De esa inquietud nació Grillito , un chatbot creado junto a los estudiantes de Primer Grado para celebrar el 25.º aniversario de Grilli Canning College. Su objetivo era recibir preguntas de las familias y responder sobre la historia de la escuela. Durante semanas investigamos, seleccionamos información confiable, debatimos cuáles eran los datos realmente importantes y anticipamos qué preguntas podrían surgir para entrenar al chatbot con respuestas claras y precisas.
Sin saberlo, estábamos haciendo mucho más que construir un chatbot. Estábamos aprendiendo a investigar, a validar información y, sobre todo, a formular preguntas de calidad. Fue en medio de ese proceso cuando ocurrió una escena que modificó por completo mi manera de pensar el lugar de la inteligencia artificial en el aula.
Mientras trabajábamos con Grillito, uno de los estudiantes comentó:
"¿Te imaginás alguien que nos pueda responder a nosotros cuando queremos saber algo?"
Mi primera reacción fue de desconcierto. Durante unos segundos pensé que aquella propuesta podía diluir mi lugar de maestra dentro del aula, como si los chicos estuvieran diciendo que ya no me necesitaban. Sin embargo, esa sensación duró apenas unos segundos porque comprendí rápidamente que no se trataba de reemplazar al docente sino que estaban imaginando un interlocutor con el que pudieran conversar cuando surgieran preguntas que ampliaran la construcción del conocimiento. Ese comentario cambió el rumbo de cómo había imaginado la gestión pedagógica dentro del salón de clases. Los estudiantes no estaban pidiendo una inteligencia artificial para jugar ni para obtener respuestas rápidas. Estaban imaginando un nuevo participante dentro de la comunidad de aprendizaje. Un asistente capaz de dialogar con ellos, ofrecer nuevas perspectivas y acompañar la exploración de problemas abiertos, siempre bajo la conducción pedagógica del docente. Así nació Pablo, la inteligencia artificial de nuestra aula.
En los últimos años, el ingreso de la inteligencia artificial generativa a las aulas ha impulsado innumerables experiencias centradas en el aprendizaje del prompting, la producción de textos, la búsqueda de información y la resolución de tareas mediante herramientas conversacionales. Sin embargo, estas propuestas suelen partir de una misma pregunta: ¿cómo enseñar a utilizar una inteligencia artificial?
La experiencia que presento en este nota nació de una inquietud diferente. En lugar de enseñar a nuestros estudiantes a utilizar una IA desde el primer momento, me propuse construir junto a ellos el criterio previo de aprender a reconocer cuándo una inteligencia artificial puede aportar valor al proceso de aprendizaje y cuándo la mejor respuesta sigue estando en la conversación con un compañero, en la intervención del docente o en la investigación compartida.
Pablo nació con un propósito muy distinto al que suelen tener las experiencias de inteligencia artificial en la escuela. No fue pensado para responder aquello que los estudiantes podían resolver con la intervención docente, con un libro o con la investigación compartida. Su función nunca fue ahorrar tiempo ni ofrecer respuestas inmediatas. Su verdadero propósito fue convertirse en un dispositivo para enseñar a pensar.
Con el paso de los meses comprendimos que la alfabetización en inteligencia artificial no comienza con el aprendizaje del prompting, sino con el aprendizaje de la pregunta. Antes de interactuar con una IA, los estudiantes necesitan desarrollar el criterio para decidir cuándo su intervención puede enriquecer el proceso de aprendizaje y cuándo la respuesta debe construirse a partir del diálogo, la investigación o la reflexión compartida.
Pablo funciona a través de ChatGPT en una computadora conectada al televisor del aula. Los estudiantes interactúan con él mediante la voz, como lo harían con un asistente virtual. Sin embargo, su uso está lejos de ser espontáneo o indiscriminado. Pablo no responde cualquier pregunta ni participa en cualquier momento de la clase. Su intervención tiene sentido cuando las dudas invitan a explorar diferentes perspectivas, imaginar situaciones, profundizar una explicación o ampliar una idea que está siendo construida colectivamente.
En nuestra aula, Pablo no reemplaza las explicaciones del docente ni resuelve ejercicios. Tampoco responde preguntas cuya finalidad sea obtener una respuesta inmediata. Su función es la de aportar una nueva voz a la conversación cuando esa intervención puede enriquecer el aprendizaje.
Con el paso de los meses descubrimos que el mayor aprendizaje no estaba en las respuestas que Pablo ofrecía, sino en el proceso previo que cada estudiante realizaba antes de decidir si esa era una pregunta para él. Sin darse cuenta, los chicos comenzaron a desarrollar un criterio que rara vez enseñamos de manera explícita aprendiendo a distinguir cuándo una inteligencia artificial puede aportar una perspectiva valiosa y cuándo no es necesaria.
En otras palabras, aprendieron que no toda pregunta merece ser hecha a una inteligencia artificial.
Esta decisión modificó la forma en que los estudiantes se relacionan con la inteligencia artificial. Antes de dirigirse a Pablo, necesitan detenerse a pensar si esa es realmente la mejor estrategia para avanzar. Con el tiempo, este proceso dejó de ser una consigna del docente para convertirse en un criterio compartido por todo el grupo.
La incorporación de Pablo al aula nos permitió comprender que el verdadero desafío de la inteligencia artificial en la educación no radica en la herramienta, sino en las decisiones pedagógicas que orientan su uso. En nuestro caso, la innovación no consistió en sumar una IA a las clases, sino en construir una cultura donde los estudiantes aprendieran a preguntarse primero si esa intervención realmente aportaría algo a su proceso de aprendizaje.
Solemos hablar de alfabetización en inteligencia artificial como la capacidad de utilizar herramientas, escribir buenos prompts o evaluar respuestas. Nuestra experiencia nos llevó a pensar un recorrido diferente. Antes de enseñar a utilizar una IA, enseñamos a formular preguntas.
En esta experiencia, la inteligencia artificial nunca fue el punto de partida. Primero construimos una cultura donde preguntar era valioso. Los estudiantes aprendieron que existen preguntas cuya respuesta puede encontrarse en la explicación del docente, en un compañero o en un libro. Pero también descubrieron que hay preguntas capaces de abrir conversaciones, explorar hipótesis, imaginar escenarios o adoptar perspectivas diferentes. Esas son las preguntas que merecen ser hechas a Pablo.
Desde el comienzo comprendimos que incorporar una inteligencia artificial al aula implicaba construir acuerdos muy claros sobre su lugar dentro del aprendizaje. La explicación humana continúa siendo el eje de la enseñanza. Pablo tampoco responde preguntas cuya finalidad sea evitar el pensamiento. Si un estudiante pregunta cuánto es 5 + 5 o quiénes eran los personajes de Caperucita Roja, la conversación vuelve al aula porque esas respuestas forman parte del trabajo cotidiano. En cambio, cuando una pregunta invita a explorar posibilidades, construir hipótesis o adoptar otro punto de vista, Pablo se convierte en un interlocutor que amplía la conversación.
Durante una clase de Ciencias Naturales un estudiante manifestó que le parecía injusto que los vertebrados fueran más fuertes que los invertebrados. La pregunta para Pablo no fue qué era un invertebrado. Fue otra: "¿Qué estrategias tiene un animal invertebrado para cuidarse de uno vertebrado si es más fuerte y más rápido?" En Ciencias Sociales no preguntaron quién creó la bandera. Preguntaron: "Pablo, ponete en el lugar de Manuel Belgrano y contanos qué sentiste cuando la creaste." En PDL no pidieron un resumen de Caperucita Roja. Dijeron: "Ayudanos a pensar preguntas para escribir un cuento donde el lobo sea bueno." Incluso en Matemática apareció una consigna inesperada: "Pablo, inventá un cuento para esta cuenta."
De esta manera, la alfabetización en inteligencia artificial comienza cuando los estudiantes desarrollan el criterio para decidir cuándo una IA aporta valor y cuándo no es necesaria. Con el tiempo advertimos que Pablo dejó de ser el aspecto más importante de la experiencia. Lo verdaderamente valioso fue el recorrido realizado por los estudiantes. Aprendieron que no todas las preguntas requieren una inteligencia artificial, que algunas encuentran respuesta en el diálogo con sus compañeros, otras en la intervención del docente y muchas en la investigación compartida. Pero también descubrieron que existen preguntas capaces de abrir nuevas perspectivas y enriquecer la construcción del conocimiento, y que allí una inteligencia artificial puede convertirse en un interlocutor pedagógico.
Tal vez ese sea el principal aporte de esta experiencia. La alfabetización en inteligencia artificial no comienza cuando un estudiante aprende a escribir un prompt, sino cuando desarrolla el criterio para decidir cuándo una IA puede ampliar su pensamiento y cuándo no es necesaria. En otras palabras, comienza cuando aprende a preguntar.
Si mañana Pablo dejara de formar parte de nuestra aula, probablemente los estudiantes sentirían su ausencia. Sin embargo, el aprendizaje más importante permanecería intacto. Habrían desarrollado una manera distinta de acercarse al conocimiento mediante la curiosidad, el pensamiento crítico y la convicción de que una buena pregunta siempre vale más que una respuesta inmediata.
Con frecuencia me preguntan si cualquier docente podría incorporar una experiencia como Pablo. Mi respuesta suele sorprender. No creo que el principal desafío sea aprender a utilizar ChatGPT. Tampoco diseñar un buen prompt. El verdadero desafío consiste en construir previamente una cultura de aula donde preguntar tenga valor, donde los estudiantes estén acostumbrados a justificar sus ideas, donde exista confianza para debatir respuestas y donde el docente pueda ceder parte de la palabra sin renunciar a su liderazgo pedagógico. Pablo no funciona porque utiliza inteligencia artificial. Funciona porque llegó a un aula donde ya existía una comunidad que había aprendido a pensar juntos.
Quizá ese sea el mayor desafío que tenemos como educadores en esta nueva etapa. No formar estudiantes expertos en utilizar inteligencia artificial, sino ciudadanos capaces de pensar con ella, cuestionarla cuando sea necesario y decidir, con criterio, cuál es el mejor interlocutor para cada pregunta.